Del garaje al estudio: la vida de una docente
Bajás del colectivo en Avenida Córdoba y caminás por Calle Bulnes, hacia la Avenida Corrientes. Es un barrio tranquilo, Almagro. Camina por Bulnes y no oís nada, salvo el ruido de los pie en el camino. Es una calle residencial. Hay departamentos, una frutería, un supermercado y nada más. De repente oís un sonido. Es música, música de tango, saliendo de un edificio en la calle, que apareció como una casa. Mirás por la ventana de vidrio unos zapatos lindos de tango, hecho de todos los colores del mundo. Adentro hay mucha gente, hablando, besando, sonriendo, cantando, bailando. Una onda amable. No conocés el lugar, pero te sentís cómodo.
“¡Dana!” grita alguien, y viene una chica joven de 33 años, con pelo oscuro hecho en un moño, vestido para bailar tango desde el vestido hasta los zapatos.
“Hola mi amor, ¿qué tal? Hola querida, ¿cómo te va?”dice la chica, abrazando y besando toda la gente en el edificio, corriendo de un lado de la escuela al otro para saludar y decir bienvenidos a todos.
“¡Este color te queda muy lindo!” le dice ella a una mujer probando unos tacones de tango.
Ésta chica es Dana Frígoli, la directora de la escuela de danza DNI.
La directora Dana nació en Colegiales en la Capital Federal de Buenos Aires. Vivió ahí hasta que sus padres se separaron, cuando Dana tenía solamente cinco años. Ella se fue con su mamá y su hermano menor a vivir con su abuela en San Miguel, 50 kilómetros de la Capital Federal.
“En el momento de que se separaron, no me di cuenta. Sufrí un montón la ausencia de mi papá.”
Con la influencia de su mamá, empezó a desarrollar una pasión por la danza. Su mamá baila y canta tango y folklore. Dana empezó a bailar folklore, clásico y otros tipos de danza, pero tango no. En eso tiempo, no había escuelas de tango.
A los 10 años, Dana dijo, “Mama, yo voy a tener una escuela de danza.”
Dos años después, abrió una escuela pequeña de danza en el garaje de la casa, y les daba clases, gratis, a sus vecinos.
“Yo tomaba clases, volvía al barrio, y daba clases a todos los niños del barrio. Me encantaba. En esta época, empecé a trabajar en la docencia.”
En los fines de semana, su mamá la llevaba a un centro cultural donde bailaban los viejos. Una vez en el centro cultural, se mostró un taller de tango, y Dana se enamoró con el baile.
“Cuando me mostraron el tango, me di cuenta de que esto es lo que voy a hacer por toda mi vida.”
Antes de abrir la escuela DNI, ella trabajó en otros lugares. Cuando era muy pequeña, vendió los cosméticos y el maquillaje a las maestras y las mamás de los amigos, y trabajó en un kiosco. Después empecé a trabajar en una fabrica de churros.
“Los churros eran buenísimos. Los mejores churros que había, reales. Pero no había nadie para vender ni mostrar el producto. Entonces yo empecé a trabajar para la empresa.”
Cuando empezó a trabajar, la fábrica solamente vendían 20 docenas de churros cada semana. Con la ayuda de Dana, se vendían 600 docenas de churros cada semana.
“Fue muy lindo, una experiencia en que aprendí un montón. La empresa me amó. Puso un churro especial con mi nombre: churros ‘Dana’s Favorites’. Un churro que era lo mío. Adentro tiene dulce de leche, y afuera tiene frutilla que es un poco mas ácida y chocolate. La combinación de frutilla y chocolate…perfecto.”
A los 16 años es cuando Dana empezó a bailar tango. Volvió a los 18 años a la Capital Federal para vivir son su padre y estudió el arte de dramáticos en la Escuela Nacional de Arte Dramático.
“Aprendimos solos,” dice Dana. Ella no tuvo maestros de tango, entonces creó su propio técnica que se llama TTC, Tango Tecnología Conceptual. Incluye aspectos de todos los estilos de tango y permite que los bailarines desarrollen su propio tango.
“Creemos en la técnica. Sentimos la necesidad de incluir más gente. Entonces, abrimos una escuela.”
Con su pasión por la danza y la docencia, Dana abrió la escuela DNI hace siete años. El edificio, lo cual queda en las calles Bulnes y Lavalle, fue en el pasado un lugar con casas de abuelas que no vivían con sus familias, un jardín de infantes y una escuela primaria. Tiene mucho aire libre en el fondo y unas escaleras curvadas que llegan a las salas grandes de baile. Hay mucha luz en todo el edificio. Se convirtió en el estudio DNI y ahora se ofrecen clases de tango, folklore, danza contemporánea y yoga. Hay una tienda donde se venden zapatos de tango y ropa para mujeres y hombres. En el fondo del edificio hay mesas para comer, charlar o tomar un licuado. De arriba sale la música de tango, el cantante cantando con una voz suave pero profundo. En esta sala hay una práctica.
“Me interesa [el tango] porque es una danza de dos. Tiene un contacto muy íntimo. Para mí, no solamente físico sino también espiritual. Dos humanos tienen una necesidad profunda de estar con el alma de la otra. Después el tango tiene una gran belleza estética y artística. A través del tango, siento mi fuego; siempre puedo expresar mi parte creativa.”
Ella está observando la práctica en la escuela, un evento que pasa cada sábado en la sala grande. Los estudiantes de DNI y la otra gente que está en Buenos Aires viene al estudio para bailar tango. Dana está mirando los bailarines cuando un maestro, Juan Pablo, le acerca a Dana con los brazos abiertos. La estrecha entre sus brazos, como si ella fuera un osito de peluche. Se quedan así por muchos minutos, mirando el baile, disfrutando la música, sintiendo la energía y la espiritualidad del tango, observando los vínculos fuertes entre las parejas.
Dana tiene una relación muy íntima con todos los maestros de la escuela. Todos ellos juntan muchas veces por semana para ensayar con la compañía y para aprender la coreografía. Se organizan en los sábados para trabajar sobre la teoría y los métodos de enseñar. En la escuela DNI, enseñan a través de tres puntos: la observación, la sensación y la explicación teórica.
“Lo más importante es saber que con el trabajo, todos pueden bailar. Pero el proceso tiene que ser paso a paso. No puede llegar desde el punto 0 hasta el punto 10 en la misma clase. Es un proceso que va sumando, y cada alumno es diferente.”
Dana describe la escuela como un lugar que tiene mucha energía, un lugar en que ella puede inspirar a la gente.
“Cuando las personas pierden el estimulo de sobrevivir, las ganas de vivir, a veces la gente empieza a bailar el tango y lo reencuentra.”
Las personas vienen en la mañana y se van a la noche, bailando todo el día. Viene gente de todo el mundo a tomar clases de baile en la escuela. La mitad de la gente es porteña, y la otra mitad es extranjera, viniendo de Europa, Canadá, los Estados Unidos, Brasil, Uruguay y muchos otros países.
Un chico Johnny vino de los Estados Unidos a DNI para tomar clases de tango. Conoció a Dana, y ahora son novios que se van a casar. Dana le admira mucho a su novio. Johnny es una persona inteligente, emocional y creativo, quien cuida a otros personas.
“Es muy importante que a él le guste que yo sienta feliz. Es un compañero maravilloso. Hacemos todos juntos.”
Dana también tiene una relación buena con sus padres. Su mamá trabajó con ella por unos años en la escuela. El divorcio le afectó a Dana y por muchos años siguió pensando de que ellos iban a estar juntos. Por una noche su deseo convirtió en realidad.
“Estamos en la cena mi mamá, mi novio Johnny y yo. Mi papá pasó, por casualidad, y mi mamá había cocinado. Encontramos esa noche en mi casa mi papá, mi mamá, Johnny y yo. Fue una noche muy linda. Nos quedamos charlando hasta las 4 de la mañana…Amo mis padres, son dos personas maravillosas, hermosas.”
Cuando no está bailando o enseñando en la escuela, Dana está viajando por el mundo. Hace en todos partes del mundo talleres de baile y clases privadas. Viaja con la compañía para hacer espectáculos en los teatros. Dana recién ganó un premio de parte de Argentores para la Mejor Coreografía Argentina para su obra La Musa del Capricho. Le gusta diseñar los zapatos y la ropa de tango que se venden en la tienda en DNI. Le gusta escribir. También le gusta escuchar música, como música latinoamericana, folklore, rock y, por supuesto, tango.
“Yo sé que mi vocación docente existe, desde hace tenía 12 años. Pero ¿qué voy a hacer con la vida? No sé. Si un día tengo hijos y no tengo más ganas de trabajar, no sé. La escuela es un espacio para mí muy importante. La parte docencia y la parte de dirección me encantan. Me gusta lo que hago.”